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El modelo laboral llevaba años escrito.
La Ley Rider estaba ahí, los debates también.
Lo que no terminaba de llegar era su ejecución real.

En 2025 eso cambió.

De repente, 7 de cada 10 pedidos en España ya se entregaban con riders asalariados. Glovo anunciaba miles de contrataciones, Just Eat consolidaba su convenio y Uber Eats trataba de sostener un modelo híbrido cada vez más difícil de defender.

La ley había hablado, pero ahí apareció la primera gran grieta del año porque contratar riders no resolvió el problema de fondo. Solo lo desplazó.

La pregunta dejó de ser si había que contratar y pasó a ser cómo sostener el servicio cuando todo se vuelve más rígido: turnos, descansos, costes, planificación y picos de demanda que no esperan a nadie.

A medida que avanzaba el año, el patrón se repetía una y otra vez.

  • Plataformas intentando adaptarse por la vía correcta.
  • Flotas atrapadas entre una normativa que no estaba diseñada para Food Delivery y una operativa completamente nueva. 
  • Restaurantes empezando a notar que algo fallaba en horas clave —y no era la demanda.

El cambio trajo derechos, y eso es incuestionable.
Pero también trajo fricción: procesos más lentos, menos margen para el error y una realidad clara que muchos no habían querido ver. 

El delivery había dejado de ser flexible por definición y no todos los modelos estaban preparados para operar así.

Los protagonistas del sector

Si 2025 ha tenido un protagonista, ese han sido las flotas.

Hasta entonces habían sido un apoyo operativo, algo que estaba en segundo plano. En 2025 pasaron al centro del sistema. Las plataformas empezaron a depender de ellas para sostener el modelo laboral, para escalar sin asumir todo el riesgo y para garantizar el servicio justo cuando la flexibilidad desaparecía.

Pero ese nuevo protagonismo tuvo un precio.

De pronto, las flotas ya no competían por volumen, sino por eficiencia. Y todas empezaron a mirar al mismo número: el CPO.

Un KPI que convirtió cada minuto en dinero. El tiempo perdido, las reasignaciones, el absentismo o los turnos mal ajustados dejaron de ser “ruido operativo” y pasaron a castigar directamente la rentabilidad. El sector cambió el lenguaje casi sin darse cuenta.

El mensaje fue claro para todos: ya no gana el que más reparte, gana el que desperdicia menos.

Y mientras aquí tratábamos de encajar el nuevo modelo, el tablero global también se movía: 

  • DoorDash compraba Deliveroo.
  • Prosus reforzaba su control sobre Just Eat.
  • El mercado dejaba de fragmentarse para empezar a concentrarse.

 

El food delivery estaba dejando atrás su etapa más caótica para convertirse en infraestructura: menos actores, más escala y, sobre todo, menos margen para errores sistemáticos.

La improvisación no solo desaparecía en la calle. También empezaba a desaparecer a nivel global.

Ahora toca hacerlo bien porque si algo ha dejado claro 2025 es que este sector ya no admite atajos ni improvisación. 

Muchas cosas que durante años funcionaron por pura flexibilidad han dejado de hacerlo, y otras que parecían opcionales se han vuelto imprescindibles.

No ha sido un año fácil para nadie.
Ha habido fricción, cansancio y decisiones incómodas, pero también ha servido para poner cada pieza en su sitio y empezar a construir una estructura que pueda sostenerse.

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